25 de agosto de 2026

Ingarden, Roman, SOBRE LA RESPONSABILIDAD. SUS ELEMENTOS ÓNTICOS

 


Correos en España no funciona. Esa empresa para mí tan imprescindible en los 80 y 90 del siglo pasado, que funcionaba como un reloj, es hoy un andrajo, un pingajo.

¿A qué viene esto aquí? Me explico. Pido esta obra por correo que su editor Guillermo Escolar me sirve con pulcritud. Me envía un ejemplar que no llega; me envía un segundo ejemplar que también se atasca, se pierde, tampoco llega; me envía un tercer ejemplar por correo certificado y, esta vez sí, por fin llega. Me ocupo y preocupo de los dos ejemplares perdidos y no hallados. Me explican en correos, “con vergüenza”, que “Cartería de Correos en Jaén está atascada”, atrancada, inmóvil… que se amontonan miles de envíos que duermen el sueño estival de la injusticia, la inepcia y la torpeza de los incapaces. “Son los de arriba”, me dicen.

De bien nacidos es ser agradecidos y así lo soy al editor de esta obra por su responsabilidad, su diligencia y por su buen hacer. Muchas gracias.

A Correos ese cuerpo inerte que alguien ha dotado de incapacidad… a la vuelta del mes lo espero…

* * *

Ando a vueltas con qué sea la responsabilidad. Mi intención y proyecto es escribir un libro qué muestre qué y cómo educarla, si es posible. De esta intención y proyecto nace la lectura de esta obra que me ha llevado mucho más lejos y a más profundidad de lo que yo hubiera necesitado, pero no me parece mal que, en la medida de lo posible, aquello que uno desea mostrar a otro, se conozca lo más y mejor posible.

Todo libro que se escribe, todo artículo, es un peldaño más o menos grande y significativo en el aprendizaje de su autor. En este caso, internarme en esta realidad comporta lo que Wernher von Braun defendía: La investigación básica se produce cuando hago lo que no sé qué hago. Lo que quiere decir, por un lado, que, de salida, busco el conocimiento por el conocimiento: saber, aprender, tras investigar, pensar… me apasiona. También, por otro, toda investigación básica comporta ignorar de antemano si lo que busco tendrá una aplicación práctica útil, ni cuál será esa aplicación; en ella quien investiga se ve obligado a ser riguroso y leal consigo mismo en el método que sigue y estar abierto a la intuición. Todo ello, sin ponerme altisonante ni exageradamente trascendente, concluyo con esta idea: para mí, esta investigación básica es un acto de exploración radical. Si la técnica aplica lo que ya dominamos para resolver problemas del presente, en la investigación básica se arriesga andar por lo desconocido, abriendo puertas que ni siquiera sabíamos que existían y a ver qué pasa. En los inicios estoy.



Nunca había leído nada de Roman Ingarden. Lo conocía de leídas en escritos sobre Edith Stein, discípula predilecta y asistente de Edmund Husserl, judía de origen y santa declarada por la Iglesia católica: santa Teresa Benedicta de la Cruz, porque esos caminos que se recorren casi a ciegas terminan, no siempre, pero sí muchas veces, en la verdad que conduce al Bien.

Solo con mirar el índice de esta obra de Ingarden se comprende el camino y el método que sigue para mostrarnos qué es la responsabilidad desde esa perspectiva ontológica, que será la que nos demuestre a las claras si es o no posible dicha realidad en la vida del hombre y qué condiciones han de darse para que lo sea.

Parte el autor polaco desde una afirmación rotunda: la responsabilidad se ha tratado como un problema particular de la ética sin haber entrado en su entidad ontológica. Se ha dado por supuesto su realidad sin haber investigado su ser, su existencia y qué propiedades tiene, de lo que se ocupa Ingarden en este libro. Insisto abundan él en aspectos de la responsabilidad que a mí, dado el caso, me interesaban tangencialmente, digamos. De interés también es cuanto he leído en este librito.

Podemos hablar de tantas realidades con la alegría que conduce al equívoco. Pronto Ingarden nos sitúa ante realidades que se deben meditar, previas, digamos a la conversación sobre la responsabilidad.  Puede ocurrir que uno tenga la responsabilidad de algo o, dicho de otro modo, es responsable de algo; que uno asuma la responsabilidad de ese algo; puede que uno sea hecho responsable de algo; e incluso es posible que uno sencillamente obre responsablemente (y cargue con ella, dice Nicolai Hartmann). Antes de abrir el asunto conviene ver por dónde hemos de empezar.

Se centra en los siguientes capítulos en las distinciones entre las cuatro posibilidades citadas y desemboca en una realidad capital en el sexto capítulo: “El valor como fundamento óntico de la responsabilidad”. Escribe Ingarden refiriéndose a los valores: “Su existencia, la mutua relación de su ser, la posibilidad de su concreción en objetos y situaciones de hechos reales, así como las exigencias que provienen de la materia del valor, determinan en primer término el sentido y la posibilidad de la responsabilidad y, en particular, del tener responsabilidad”.  Si no existiera valor o disvalor alguno, ni tampoco las relaciones reales y de determinación existentes entre ellos, no podría darse entonces absolutamente ninguna responsabilidad auténtica ni cumplimiento alguno de las exigencias planteadas por ella.

Si esta proposición abre la primera perspectiva sobre los fundamentos ónticos de la responsabilidad, no es desdeñable, sino asombrosas para mí, las disquisiciones que realiza Ingarden sobre el sujeto responsable de una acción, que analiza en el capítulo séptimo, donde aborda la realidad de una «continuidad del ser» como condición necesaria para que alguien pueda ser responsable de ello (se apoya en un biólogo teórico, de quien nunca antes leí ni oí nada, Von Bertalanffy; pero para eso, ya saben, está la IA: por lo que leo, también dos capítulos más adelante, Ingarden se apoyará en las tesis del biólogo y filósofo austriaco al referirse a los sistemas abiertos y cerrados y el uso de la libertad, como condición necesaria para que exista la responsabilidad).

El valor es fundamento óntico de la responsabilidad, la estricta identidad de la persona que obra es, el segundo fundamento óntico de la misma, tanto del tenerla cuanto del ser hecho responsable justificadamente.

Los capítulos X, “La estructura causal del mundo”, y XI, “La temporalidad del mundo y la responsabilidad”, como gran parte de lo leído en algunos de los anteriores los entiendo como fundamentación óntica necesaria que me ha ilustrado hasta donde pude aprovechar, pero que me han conducido por caminos alejados del que deseaba para mi destino y mi proyecto. Me han valido su lectura del libro, no obstante, la pena.                        

3 comentarios:

  1. "me ocupo y preocupo" en una sola la palabra: me preOCUPO. Desconozco el nombre del recurso estilístico o retórico que indique este uso de la lengua. ¿La SERgiña?¿Una Munuerada?

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  2. Me gusta más la palabra "responsabilidad" que "culpabilidad". De ésta última o de su distinción, ¿no dicen nada el autor?

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    1. El autor deja al margen la ética cuanto puede. Solo entre líneas se puede ver que existe una responsabilidad de actos fallidos que cae sobre el autor de estos, pero no habla, no debe por pertinencia intelectual, entiendo, ocuparse de la culpa.

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