Releo La cantante calva.
Hacía décadas que no la leía completa. Sí en alguna oportunidad, en alguna
clase, hemos leído alguna escena puntual para ejemplificar lo que dio en
llamarse el teatro del absurdo y ponerlo, casi siempre, en relación con Tres
sombreros de copa de Mihura. Si la releo ahora es también por motivos
académicos, que agradezco.
La cantante me parece la
elevación a su enésima potencia de una realidad que, supongo, se dio siempre
entre las personas: la incomunicación. La vieja idea griega de que el hombre es
un animal que habla (Aristóteles) da pie a la incomprensión, al aislamiento del
otro, al desprecio… Muchos siguen pensando muy erróneamente que la comunicación
entre las personas es unívoca, evidente, y que, por tanto, hablando se
entiende la gente: es falso. Desde que era un joven profesor, me asombraba
cómo era posible que, en un aula donde los alumnos están supuestamente escuchando,
no todos comprendían lo que explicaba y no solo no lo comprendían algunos, sino
que no todos comprendían lo mismo. Me consta que existen antiguos estudios
sociológicos sobre este asunto y que en Internet se les pondrán nombres y
explicaciones que ahora no vienen al caso.
No, no se trata de una obra de
humor, aunque el desconcierto, en su sorpresa e incomprensión asombrosa lleve a
los alumnos a reírse con ingenua inseguridad y ante la duda de cómo reaccionar,
ríen. La incomunicación que se muestra entre los personajes (figuras las
llama Spang) no es motivo de risas. Es posible que esos personajes no se
escuchen, no se entiendan, es posible que no se comprendan, que no se esfuercen
por saber qué se dice, qué quieren, qué desea al otro…, pero la realidad última
es que todo se convierte en un galimatías muy próximo a la realidad que tantas
veces vivimos en la vida cotidiana, en la vida pública donde los políticos que
nos gobiernan parecen escucharse (creo que ni se oyen) para al final… “tirar
cada uno por su calle”. ¡Cuántas veces no se da esta situación en los
matrimonios, en los empleos entre jefes y subordinados! Leo en estos momentos Errata.
El examen de una vida de George Steiner y en su capítulo siete aborda
precisamente todo esto que estoy intentando transmitir: la incomunicabilidad entre
las personas, entre las lenguas, esa vieja idea de que vivimos en la lengua en
que hablamos, la idea de si es realmente posible dominar una lengua aprendida
con la misma perfección que la lengua materna…, la intraducibilidad entre las
lenguas, etc.
Es terrible la incomunicación que
lleva a la soledad. Ignoro, y también algo de ello dice Steiner en el capítulo
citado, si la pérdida del oído es la peor de las carencias por lo que a los
sentidos externos se refiere. No lo sé. Sí que percibo y observo que la falta
de audición que conduce a la incomunicación desemboca natural y mansamente en
la soledad. El sordo está solo. El sordo está aislado. En medio de una
conversación sonríe o mira pero no percibe los matices, no comprende de qué se
habla…, se sabe al margen, automarginado… No es posible estar de continuo
preguntando de qué se habla, que se le repita qué se dice… Silencio.
Desde que era un muchacho conozco
la soledad de las residencias de ancianos. Viejos abandonados a los cuidadores,
mejores o peores, no todos buenos, que los atendían con paciencia o con
desprecio: lo primero era lo normal. Esa soledad se ha ido acentuando,
aumentando en calidad y cnatidad. Las residencias para ancianos (recuerdo que
Delibes los llamaba “morideros”) se han multiplicado. Se han hecho casi
inexcusables: el mundo en su presente y su futuro que nos hemos inventado no
cuenta con los viejos, con aquellos que no sirven, que estorban… Las casas que
construimos son la mar de ecológicas, no ensucian el medio ambiente, pero no
veo viejos en ellas: ¿dónde están los papás de esos exquisitos ecologistas? No tienen
cabida. No tiremos bolsas de plástico, evitemos el vidrio, mas no tengamos
inconveniente en asestar a los viejos la inyección que los embarca y envía para
la vida eterna… ¡de todos modos no se enteran! Ese será el camino que sigamos
todos: la soledad, el moridero, la rampa de la eutanasia… (recuerdo la rampa de
Treblinka, el campo de concentración, por donde los viejos y los niños caían camino
del Cielo).
Es muy posible que usted no haya
leído La cantante calva de Ionesco, es normal. Es, no más, un rato. La
puede hallar en pdf. en la red, la puede ver representada –mejor o peor-
también en Youtube: permítame que se la recomiende ahora que todos andamos
aislados en nuestras casas y la ansiedad vuelca a muchos a un whatsappeo
compulsivo… Seguro que me lo agradece.


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