Por
lo que puedo averiguar, la obra Recuerdos
de mi vida es un libro de carácter autobiográfico que forma parte de una
colección que promovió anteguerra la editorial Aguilar bajo el título genérico
de Confesiones de nuestro tiempo.
Sin
duda alguna, la lectura de esta obra era una continuación y consecuencia natural
de su predecesora en el tiempo de mis lecturas y en mi comentario en este blog,
pues Gabriel Maura Gamazo, como
todos los que siguen estas notas mías supondrán, es el hijo de Antonio Maura
Montaner al que le he dedicado un buen número de entradas previas en este blog.
La
obra citada nada tiene que ver, en términos formales, claro, digamos, con
respecto a la anteriormente leída sobre su padre. La obra de González sobre Maura
era un detallado estudio histórico y esta es una autobiografía sui generis. Las
autobiografías, aburrido por repetido, suelen ser ajustes de desacuerdos,
ajustes de cuentas, explicaciones a posteriori, confesiones mediatas, peticiones
del uso de la palabra concluido de suyo ya el debate, cuando el tiempo ha
corrido y ha dado y quitado razones, matizado opiniones y juicios y muchas
veces la verdad ha resplandecido a la claridad del paso de los años, ella
solita sin necesidad de que le canten, le empujen, la fuercen o la pretendan
instaurar a mano levantada y por mayoría.
El
libro de Maura Gamazo es de 1934 y lo he adquirido –muchas gracias- en una
librería de segunda mano, allá en la otra punta de España, en Oviedo. Lo peor
de la obra, bajo mi modesto punto de vista, es la sintaxis y el léxico que su
autor emplea en ella: sin duda todo ello se ha enranciado muchísimo por su grandilocuencia
o, sencillamente, por la prosa empleada por su autor, por descontado, persona
culta, versada, inteligente por los planteamientos que hace y que se pueden
leer. La prosa arcaizante y ampulosa de Maura Gamazo se me antoja semejante a
la de Maura Montaner.
La interior satisfacción en la normalidad de la vida
profesional se ha comprobado, donde quiera incompatible con la desmesura de la
preparación cultural, que se extrema en las democracias, porque el loable afán
de no malograr ninguna capacidad congestiona el acceso a las licencias
facultativas. Quien hubo de aprender lo bastante como para superar en ciencia
jurídica o médica a los propios jueces de exámenes y oposiciones dirigir la
factoría de Krupp, la construcción de la basílica vaticana o la apertura del
canal de Suez, no se resignará, sin dolor ni rebeldía, a despachar vulgarísimos
expedientes, litigar o fallar causas y pleitos triviales, curar mediante iguala
a enfermos desconocidos, competir, casi nunca ventajosamente, con capataces o
peritos industriales, y dejar, cuando más, tras de sí, como obra máxima, una
modesta casa de pisos, un puente o un túnel, que ni aun suelen atraer la
distraída mirada del viandante o del viajero (pp. 50-51).
Antes
de entrar en los muchos detalles de los que me gustaría dejar constancia,
quiero hacer comentario de las generalidades de la obra.
Las
confesiones de Gabriel Maura se dejan caer, ¿naturalmente?, hacia los aspectos
públicos de su existencia: primero, a la sombra de su padre (¿quién podría
salir de ella siendo Maura Montaner un gigante?) y luego de su concurso en la
política nacional e internacional. Son sin duda innumerables los puntos de
vista que encontré en su padre sobre la realidad pública que hallo en el hijo.
No
debe esperar el lector ávido por conocer los entresijos de la época detallada
relación de las costumbres en casa de sus padres o la suya, de sus estudios, de
sus profesores, de sus hijos, su educación, aspectos de la intimidad… trato con
su padre… ¡o de la caza de la que sí afirma que era aficionado como su padre!
El lector hallara lo más externo, lo más visible… y accidental así como todo
cuanto considere que debe ser acomodado a la realidad tal y como él la vivió,
casi siempre en defensa de su padre o de las ideas de ambos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario