15 de septiembre de 2026

Una Europa mejor y unida bajo la locura de Erasmo by Vaclav Havel

 



 

Hoy he invitado a publicar unas palabras en este blog a Vaclav Havel, el último expresidente de Checoslovaquia, y el primero de Chequia, autor teatral, ensayista, poeta y, muy a su pesar, disidente y expresidiario por haber conculcado la legislación de su nación, cuando esta se hallaba bajo el poder soviético.

Estas palabras suyas que aquí reproduzco las tomo de una alocución que pronunció con motivo de la recepción del Premio Erasmo que le fue otorgado en 1986.

Estas frescas y animantes palabras hay que situarlas en un mundo aún dividido en dos: el bloque soviético del este y el bloque occidental de la OTAN. Un mundo dividido y amenazante, donde “ellos” lo eran todo frente a “un hombre” inerme, débil e insignificante… al que Havel le pide que no ceda, que no renuncie a su condición de persona frente al totalitarismo sea del signo que sea.

Han transcurrido cuarenta años desde que esta alocución tuvo lugar hasta hoy… y sigue vigente y pujante el fresco empeño de un hombre que peleó responsablemente por la verdad, la libertad y la dignidad de los pueblos y las personas.

Tiene la entrada más de las 400 palabras que, según Pisa, desbordan la capacidad comprensiva de los estudiantes adolescentes españoles. No reproduzco esta parte del discurso para ellos, sino para la lectores formados de este blog, de este charlie cualquiera.

 

* * *

 

En muchas partes, desde los Gobiernos hasta varios movimientos sociales inconformes, oímos con cada vez mayor frecuencia hablar sobre el ideal de Europa como un continente de colaboración amistosa entre naciones independientes e iguales en derechos, que irradiaría la paz al mundo, en vez de la amenaza de confrontación bélica entre las grandes potencias. Cualquiera que sea la medida de sinceridad con que se pinta dicha visión en determinados casos, es, sin lugar a dudas, una visión bella. Mas por ahora no ha dejado de ser sólo una visión. Europa ha sido dividida por una alta pared, cuyo símbolo materializado lo representa el muro de Berlín.  

¿Qué podemos hacer para que esta bella visión se haga realidad un día? ¿Qué podemos hacer para que todo el pueblo europeo goce plenamente de sus derechos y soberanía y no tenga que temer a sus vecinos? ¿Qué podemos hacer para que todos los países europeos puedan gozar de la democracia política y la justicia social y para que sepan ayudar a las regiones menos desarrolladas del mundo en la forma que corresponda realmente a sus posibilidades? ¿Qué podemos hacer para que todo europeo se sienta libre y seguro, para que goce de las garantías legales y para que pueda vivir con dignidad y con sentido? ¿Qué podemos hacer para que nuestros compatriotas jóvenes no tengan que pasar muchos años aprendiendo a matar a los hombres y para que los científicos europeos puedan dedicar su ingenio a la salvación de la naturaleza en vez de construir armas cada vez más refinadas?

Creo que cada uno de nosotros puede hacer dos cosas cuando menos. Y encuentro un hondo sentido en que las dos estén relacionadas libremente con el legado del gran europeo Erasmo de Rotterdam. 

La primera cosa: todos tenemos la posibilidad de repetir una y otra vez que queremos lo que queremos; todos podemos, a pesar de todas las duras realidades políticas y a pesar de todas las limitaciones resultantes de la naturaleza humana y del estado espiritual moral y social de la civilización actual, articular en voz alta nuestros ideales y llevarlos activamente a la práctica; todos podemos sacrificar a dichos ideales mucho de nuestra dicha personal, si creemos un poco siquiera con el filósofo checo Jan Patočka que hay cosas por las que vale la pena sufrir, todos podemos aceptar el imperativo específico, lógico y al mismo tiempo un poco enigmático que afirma que el hombre debería portarse de la forma en que piensa que deberían portarse todos. Dicho sucintamente, cada uno de nosotros puede entender que incluso él por más insignificante e impotente que sea puede transformar al mundo. El misterio de ese imperativo estriba en la falta de credibilidad de la idea de que cualquiera de nosotros puede, como se dice, hacer mover el globo terrestre. Su lógica radica en que, si no opto yo, tú, él, nosotros, nosotros todos por ese camino, es verdad que no podrá moverse ni el mundo en que vivimos, que juntos creamos y del que somos responsables. Cada uno debe empezar por sí mismo; si esperáramos el uno al otro, ninguno llegaría a la meta. No es verdad que no sea posible: el poder sobre uno mismo, no importa cuán problemático sea en cada uno de nosotros conforme al carácter, al origen, al grado de educación y de toma de conciencia de sí mismo, es lo único que tiene hasta el más indefenso de todos, y a la vez lo único que no pueden quitamos a ninguno. Es posible que el que lo hace valer no alcance nada. Pero es seguro que no alcanzará nada el que no intente ni eso.

Erasmo escribió un libro admirable: Elogio de la locura. Es evidente que lo primero a recomendar en él fue el ánimo de estar loco. Un loco en el sentido más hermoso de la palabra. ¡Intentemos ser locos y demandar con toda seriedad el cambio de lo, supuestamente, incambiable! ¿No han decidido, por lo demás, honrar también esta vez a un loco? ¿Y no han honrado por su intermedio a decenas y cientos de otros locos quienes con su llamamiento solitario tendente a cambiar lo incambiable, no dudaban en correr el riesgo de años de cárcel y están dispuestos ¡cuán locamente! a oponer al poder gigante de la burocracia y la policía estatal el pobre poder de su máquina de escribir? Estoy lejos de presentarme a mí o a mis amigos o a los disidentes de Europa Oriental como un ejemplo para otros. Sé cuán heroicamente se portaron, por ejemplo, los holandeses durante la II Guerra Mundial y no he creído jamás que haya más hombres valientes en Oriente que en Occidente. Muchos de Ustedes, estando en las mismas situaciones en que otros ya estuvieron y en que tenemos que estar muchos de nosotros, resistirían igual y posiblemente mejor. Si no lo supiera, no afirmaría lo que estoy diciendo ahora aquí. Si recomiendo la buena especie de locura justo aquí y justo ahora, lo hago por estar seguro de que los hombres de toda Europa son capaces de ella. Y que, sin la constitución gradual de una comunidad paneuropea de locos, ni nosotros ni vosotros podemos llevar a cabo algo.

De ese modo he pasado, de hecho, a la otra cuestión que, según creo, reside en cada uno de nosotros y que está igualmente relacionada con el legado de Erasmo. Erasmo es considerado con todo derecho como una gran y posiblemente la última personificación de la integridad europea. Vagaba por toda Europa, se dirigía a toda Europa, sufría de problemas de toda Europa y toda Europa le respetaba y le pedía consejo y ayuda. (Entre otras cosas: ¡la primera traducción de su libro más famoso del latín a otro idioma fue la checa!). Sentía la inminente escisión europea peor que la mayoría de sus contemporáneos. Intentaba sin éxito afrontar esa decisión de preservar y salvar la unidad del espíritu europeo, de la conciencia europea, de las tradiciones europeas. Con todo ello, dichos valores convergían en la idea de que lo que era humano en el máximo sentido de la palabra, era al mismo tiempo cristiano, y que por lo tanto las pretensiones de la humanidad, siendo observadas por todos, son capaces de superar los pleitos de otros pueblos, tanto confesionales, como nacionales o del poder. Soñaba incluso con una hermandad supranacional de los sabios. Jan Patoéka, quien fue reconocido asimismo por Ustedes muy valientemente al final de la trayectoria de su vida, al ser recibido como portavoz de la Carta 77 por su ministro de exteriores durante la visita a Praga, escribió en su tiempo sobre «la comunidad de los conmovidos». ¿No representa esta idea una variante actual de la lejana idea de Erasmo? ¿No representa la conmoción de esa comunidad realmente una fuente de ese buen género de locura? ¿No se trata, de hecho, una vez más de la comunidad europea de los locos?

Pero por qué me refiero ahora a todo esto: me parece que la hermosa visión de la Europa libre, pacífica y no dividida en bloques, no nos la aproximarán, ni pueden hacerlo, las deliberaciones de los Gobiernos o los presidentes, tanto en Helsinki, como en Ginebra, en Viena o en cualquier lugar, si sus participantes no gozan del apoyo de sus pueblos. Y más aún: si no fueran sometidos directamente a su presión. Dicho de un modo más sencillo, Europa tiene que porfiar para hacer efectiva esa visión en el duro mundo de hoy; los Gobiernos europeos por sí solos no pueden con semejante tarea, y esperar su cumplimiento exclusivamente a través de las grandes potencias sería renunciar a su sentido, que no significa ceder la causa a otros definitivamente, sino al contrario, tomarla por fin en las propias manos. Mas los europeos sólo pueden seguir porfiando en su visión sólo de tener para ello motivos realmente serios, o lo que es lo mismo, si los une y los motiva a todos conjuntamente algo que yo denominaría la conciencia europea. Es decir, una profunda sensación de la coexistencia. La honda sensación de la unidad, aunque fuera una unidad en la variedad. La íntima conciencia de la historia común milenaria y de las tradiciones espirituales, dadas por la actuación paralela del elemento Antigüedad y lo judeo-cristiano. El restaurado respeto hacia los principios espirituales de los que crecía todo lo bueno que Europa había creado. Europa está integrada, en su mayoría, por pueblos pequeños cuya historia espiritual y política se va entrelazando en miles de hilos de un solo tejido conjuntivo. Ninguna conciencia europea puede restituirse sin la conciencia y la vivencia de esa realidad, sin la nueva comprensión de su sentido y sin el orgullo frente a ella. Y sin su recuperación difícilmente esperaríamos cambios políticos esenciales con miras a una comunidad paneuropea de pueblos independientes. Una vez sabido que de la idea de Erasmo sobre la comunidad humanística de los cultos sale una línea de empalme invisible hacia «la comunidad de los conmovidos» de Patoéka, ¿no desemboca esa línea finalmente en el ideal de una reconstitución de la confianza europea en sí misma?

Entonces, la otra cosa que ya ahora y en cualquier lugar está en nuestro poder es una nueva comprensión de nuestra coexistencia europea. Soy un hombre bastante sobrio, pero a mis ojos no se les puede escapar el hecho de que los signos van surgiendo y van multiplicándose en el transcurso de los últimos años.

Un pequeño ejemplo solamente: miles de hombres inocentes de nuestro país fueron condenados a largos años de prisión en la década de los cincuenta y el Occidente ni se dio cuenta de ello, y menos aún, ni se preocupó por ello. A comienzos de los años setenta fueron detenidos en nuestro país decenas de presos políticos. El mundo ya conocía bien esa realidad y sin embargo no aparecieron muchas manifestaciones de solidaridad con ellos (en parte a causa de la trágicamente errónea comprensión de la política de la distensión en forma de un silencio obstinado ante la arbitrariedad de la otra parte). Siendo encarcelado yo y mis amigos a fines de los años setenta, casi un cántico de solidaridad se elevó en el mundo; estaré conmovido hasta el fin de mi vida, y agradecido por aquello. ¿No ha demostrado también este ejemplo que los europeos occidentales empiezan a darse cuenta con cada vez mayor urgencia de lo que los europeos orientales saben dolorosamente desde hace mucho tiempo: que existe también la otra parte de Europa? ¿No constituye esa creciente conciencia de la coexistencia solidaria una de las causas de la realidad esperanzadora de que hoy día les resulta un poco más difícil encarcelamos que en los años cincuenta?

Una manifestación de la naciente conciencia europea por lo menos para mí personalmente no la constituye la retórica anticomunista tradicionalmente ideológica y más o menos rutinaria de varios estadistas occidentales que, por lo general, sirve a la defensa de los mayores presupuestos militares. Difícilmente nos salvaría. Ahora se trata de otra cosa: la conciencia de la unidad de nuestros destinos, poco llamativos, cuanto menos ideológica tanto más profunda e íntima, expresada eficientemente cada día y arraigada lo más firmemente posible en las almas y los corazones de los pueblos. Y justo en este campo empiezo a percibir señales esperanzadoras. Parece que los de Europa Occidental empiecen a darse cuenta de que no pueden solucionar sus propios problemas sin solucionar los problemas de Europa Oriental. Como si empezaran a ser conscientes de que se perjudican a sí mismos cerrando los ojos ante el Este y tratando de convencerse de que todo lo que ocurre allí no tiene nada que ver con ellos. Como si entendieran con cada vez mayor fuerza cuán ambigua sería su suerte occidental si tuviese que ser pagada para siempre por la desgracia oriental, y que, indispensablemente, tarde o temprano también ésta se volvería a convertir en la desdicha. Y en la medida en que el paisaje de los países prósperos del Occidente va llenándose de misiles con ojivas nucleares, los hombres occidentales se formulan la pregunta sobre su sentido. Esta pregunta orienta necesariamente sus ojos hacia la otra parte de Europa, donde hay misiles similares y, además, grandes ejércitos convencionales. Y esa visión origina una nueva pregunta en ellos: ¿por qué sus vecinos orientales no están tan preocupados por esa realidad como ellos? ¿Es que creen realmente que sus misiles a diferencia de los occidentales son pacíficos? La nueva pregunta provoca un interés por las relaciones de Oriente, la situación de los derechos humanos en la otra parte de Europa, la situación en que toda protesta, por modesta que sea, contra un misil es castigada brutalmente y cualquier interés por los asuntos generales es ahogado en sí desde su principio. El círculo paradójico se va cerrando: gracias a los misiles que se van desplazando en Occidente, miles de europeos de Occidente comienzan a darse cuenta de los problemas de la felicidad de consumo; rescatados de la indiferencia hacia el destino del hombre que habita a tan sólo varios cientos de kilómetros al Este, comienzan a interesarse por él, empiezan a percibirlo como su hermano, a saber, como aquel cuyo destino está existencialmente vinculado a su destino. Esto es, una vez más va naciendo la conciencia europea. Es triste que méritos para su renacimiento los tengan entre otras cosas objetos tan horrendos como las armas actuales. Pero es bueno que esa conciencia vaya naciendo. 

Nuestro destino es realmente indivisible; cuanto mayor es el número de armas modernas que nos sitian, tanto más evidente es su indivisibilidad; nuestras respectivas libertades son cada vez más evidentemente las libertades de todos; la amenaza de unos significa siempre la amenaza de los otros; la automoción horripilante del poder moderno que pronuncia sin cesar discursos sobre la paz y sin cesar se prepara para la guerra, nos arrastra a todos conjuntamente al mismo abismo; el ataque contra la dignidad y los derechos humanos, según fueron creados por las tradiciones europeas y codificados por primera vez en América, va dirigido por quienquiera y dondequiera que sea llevado a cabo contra todos. 

Pongamos fin todos nosotros y en común a la locura destructiva del mundo situando en su camino otra locura mejor; es decir, la locura de nuestra visión de una comunidad paneuropea de paz, la locura de nuestra conciencia europea. 

Me atreveré a decir finalmente, que una de las pruebas de mi afirmación sobre el espíritu europeo que se está renovando la constituye también este día, en que un pequeño país de Europa Occidental, cuatrocientos cincuenta años después de la muerte del gran europeo que había dado al mundo, concede por primera vez su máximo premio de cultura a un hombre que vive en un pequeño país de Europa Oriental. Estoy convencido de que los holandeses han demostrado hoy, adjudicando el Premio Erasmo precisamente a un checo, que para ellos existe al igual que para ese checo una sola Europa, una Europa dividida políticamente, pero sin embargo no dividida en realidad ni espiritualmente. 

Gracias por su atención.  

Marzo 1986.


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