En cierta ocasión me
dijo un amigo que las tesis se escriben de rodillas… ¡y se defienden de igual
modo! Servidor no había cumplido con este segundo precepto. Hace muchísimos
años, en los 70 juntaba dinero para comprar libros baratos de Austral y, cuando
me encontraba más poderoso, compraba ejemplares de la colección Novelas y
Cuentos. Sea paciente, por favor, el lector.
En una clase de COU me
sacó a preguntarme el tema don Alfonso Sancho. Servidor no se lo sabía, pero
don Alfonso, digamos, se entretuvo con otro asunto y allí estuve más de media
hora en el estrado, esperando a que me preguntara lo que fuese y yo responder:
“No he podido estudiar”. Se acabó la clase y me emplazó para el día siguiente.
Me iba a preguntar sobre la novela de la inmediata preguerra… Tema que me
estudié al dedillo y se centró en Ramón J. Sender, que también me lo sabía,
esta vez, lógicamente. Le tomé yo afecto al autor y leí muchos libros de Sender.
De lo uno, el primer
párrafo, y de lo otro, el segundo, di con un libro de Marcelino C. Peñuelas, Conversaciones
con Ramón J. Sender… edición en Novelas y cuentos del 70.
El preámbulo viene al
caso de que, por primera vez, he visto en la editorial Destino y su colección Áncora
y delfín, una introducción a la obra… ¡y la misma es de este señor de quien no
había vuelto a saber nada desde entonces!: Marcelino C. Peñuelas.
Conocía el título de la
obra de Sender, Imán, sabía de su contenido, pero no la leí entonces,
cuando me dio el arrebato por el autor. Si lo hago ahora es por el actual ardor
por los sucesos de Annual y con esta novela cierro el ciclo, al menos, de
momento: Annual 1921 de Leguineche, 18 meses de cautiverio de
Pérez Ortiz… y la obra de Sender.
Peñuelas escribe la
introducción de rodillas. No me cabe
duda. Lo mismo que yo hice mi tesis sobre Delibes (tengo pruebas documentales con
cientos de folios llenos de notas, que lo prueban, ¡no como otros falsos
doctores por ahí!). En esta introducción Peñuelas habla del acierto del cambio
del punto de vista narrativo que hace Sender, posiblemente por ignorancia del
uso del mismo y del arte narrativo, pero que mejora el texto: pasa como con
esas simpáticas erratas que, dicen, mejoran el texto y la intención de su
autor… Sea como fuere lo cierto es que el libro se divide en tres grandes
apartados, con título; y en blancos o capítulos sin títulos. Si lo hizo
exprofeso o fue fruto de su ignorancia con resultado de chamba, que diría un
jugar de billar, lo ignoro. El resultado ciertamente da como consecuencia, a lo
largo de toda la novela, que el lector no se orienta, salvo en escasas
ocasiones, con quién narra, qué narra, dónde está quien narra, con quién habla,
quién es ese yo o ese tú… y todo ello ayuda a crear una confusión muy acorde
con lo que sucedía en los blocaos y campamentos del Rif en la guerra contra
Abdelkrim y los suyos… El punto de vista, el caos de hombres, de animales, de
muertos, de heridos, de… todo ello narrado con cierta sobriedad genera una
unidad formal y temática de excelente armonía chirriante. No lo investigo, solo
lo apunto y hablo de memoria: me recuerda este confuso desorden a Meridiano
de sangre de Cormac MacCarthy.
Imán
es una novela arrolladora. Con una estructura casual, en la que no creo,
y con una prosa afilada, con descripciones mimadas, sin derroche, con
austeridad, sin piedad… De tal modo son también puestos en pie sus personajes:
que se mueven descarnados, desconfiados, sobrepasados, ateridos por la vida en
ese paisaje físico y vital arrasados.
Usa Sender técnicas muy
novedosas en España, como los saltos atrás en el tiempo (flashback), los
cambios de punto de vista narrativo, el fluir de la conciencia… no se olvide
que la novela se escribe en los años 20 y se edita en el 30. En la novela el
autor hace un derroche de críticas contra el ejército, la anestesiada sociedad
española y contra la monarquía (Sender se vanagloriaba de que esta novela suya
había propiciado la huida de Alfonso XIII de España en el 31)…
Será Viance quien, con
su vida a trechos, hilvane los sucesos brutales de lo ocurrido en 1921 en
Annual y las plazas rifeñas con la victoria de Abdelkrim. Viance, que es
también Imán –atrae las desgracias, el hierro en la herrería que lo
hería cuando era aprendiz en ella-, se pregunta por el sentido de cuanto está
viviendo, de cuanto está viendo, padeciendo… y más aún, si cabe, desde el final
de la novela tras su vuelta a su pueblo, en Aragón. Me ha agradado
poderosamente esta novela de Sender.


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