28 de noviembre de 2023

488- Caballero-Infante, Pedro- UN BOTICARIO A DIARIO

 



Con don Francisco de Quevedo siempre me llevé muy bien. La verdad es que el tipo, por sus actos y escritos, me resulta muy genuinamente español y admirable. Sus obras me han hecho reír y meditar mucho; sufrir alguna vez. Sigue pendiente por leer la biografía de Jauralde Pou que lleva años ardiendo de ansiedad en mis estanterías. Llegará, Dios queriendo.

No olvido, al hilo de esta lectura que hoy comento, aquel pasaje de sus Sueños en los que don Francisco relata que, yendo por un camino muy áspero y difícil, pensó que iba por la estrecha y ardua vereda de la virtud que al Cielo lleva, sin embargo, esta cavilación fue fugaz:

                 “duróme poco, porque oí decir a mis espaldas:

                 «Dejen pasar los boticarios».       

                 ¿Boticarios pasan?, dije yo entre mí, al infierno vamos.

Y es que los boticarios como los pasteleros, los bodegueros, los sastres…, médicos, esgrimidores, despenseros, avarientos herejes, genoveses son condenados por Quevedo al infierno. A ver, todo no se puede tener. Se dice ahora, quizá desde un ángulo semejante a lo políticamente correcto, que Quevedo no pensaba realmente su rechazo contra los oficios citados, contra negros, judíos y maricones. Vamos a dejarlo ahí porque el asunto no es tan simple y todos estamos gustosos de recordar pasadas glorias, antepasados nobles y honradísimos, y callar lo que menos brillo tuvo, en este caso, el pensamiento ambiente en lo escrito al respecto en el Siglo de Oro en general y de Quevedo en particular: era lo que había.

Los artículos que componen este libro de Caballero-Infante son de variadísimos temas, todos ellos relacionados con lo que se denomina por los profesionales oficina de farmacia, es decir, una farmacia a secas para el vulgo, que es donde se emplean los farmacéuticos. El autor deja muy clarito desde sus primeros artículos que él no es un dispensador de pastillas ni chorradicas, “tonterías” las llama él, más o menos próximas o ajenas al gremio: por hacer un favor, vendió un filtro para el grifo del agua y más le hubiera valido estarse quietecito y cortarse un dedo. Lo mejor, ya se sabe, enemigo es de lo bueno y por servir de más…

El autor se sabe farmacéutico y muy digno, como corresponde, se pone y anima a ponerse a sus colegas en el lugar que les corresponde. Me gusta y uso mucho la expresión: “Nadie es más que nadie, pero cada uno es cada uno”. Se sabe el farmacéutico servidor en la cadena sanitaria, pero no por ello es una escupidera. El médico tiene su lugar y boticario el suyo… Y añado: La dignidad no es vanidad ni jactancia, sino apreciar, cuidar y acrecentar lo otorgado y ganado, es valoración de la respetabilidad debida, en este caso, a una profesión que, quien el libro escribe, piensa, y demuestra, que es atacada, como lo son tantas, con el desprecio y el ninguneo, tácito o explícito, de las instituciones, los estamentos o las personas a quien se está dispuesto a servir con humildad, prontitud y ciencia.

Las anécdotas con los pacientes -¡quien a la botica va es porque algo padece, digo yo!- se trufan de muy distinto signo en la experiencia de Caballero-Infante: las hay simpáticas, llenas de ternura, tristes, lamentables…, pero tienen todas el regusto de la realidad vista y vivida por el pundonoroso boticario que, además, trasciende “la mesa de dispensación” y se acerca profesionalmente a quien acude a él. He sentido, por muchos motivos, profunda pena por su paciente Manuel y su familia…

Al igual que el médico, no se puede andar con contemplaciones ante el enfermo grave, sino que ha de hacer lo que debe sin más miramiento que su ciencia y el respeto al paciente; otro tanto debe hacer el boticario, que no es un tendero agradador de todos los segismundos… Cristo echa del templo a los mercaderes y lo hace con violencia porque el amor obliga: el celo de tu casa me consume, Juan 2:17.

Este boticario nuestro está ducho en su oficio y no ceja por hallar o buscar, como Juan Ramón, por poner un poner, el nombre exacto de las cosas y así no le vale cualquier palabro. Domina el sermo vulgaris y así imita en sus escritos, sin desprecio que valga, el habla de sus pacientes menos cultos o marginales… y usa con precisión de boticario el léxico propio del oficio. Gracias. La metonimia de farmacia por farmacéutico no es su agrado ni Farmacia de guardia, porque entiende por lo dicho, que quien está de guardia no es la oficina de farmacia, sino el farmacéutico que está sirviendo a quienes lo requieren.



Se reconoce el autor, en general, puntilloso y quizá chinchorrero y así: se mosquea, se enfada, se irrita, se desasosiega, le hacen pupa, se indigna, clama al Cielo, se frustra e impacienta… porque el mundo que le rodea no es como debiera de ser, según él, o según… Ya lo he escrito muchas veces, en general, los occidentales somos kantianos moralmente y el deber ser nos trae fritos como a Caballero-Infante y, ciertamente, como confiesa: “no se calla ni una” y su diario, este que comento, es el desaguadero y desahogo de sus malos humores

Mucho de lo que explica y padece es común a otras profesiones. Servidor no es boticario y se suma a muchas de sus quejas y sus puntos de vista, no en vano, de lo que mucho me alegro, corre sangre común por nuestras venas.

Si usted quiere pasar un buen rato o es boticario… le recomiendo leer a don Pedro Caballero-Infante… en su obra: UN BOTICARIO A DIARIO.

24 de noviembre de 2023

491- d’Ors, Miguel- EL INFORTUNIO DEL SEÑOR SENIERGUES

 



Creo que es la única novela del excelente poeta y profesor… Miguel d’Ors. ¿Cuándo el profesor se jubila pierde ese carácter impreso en su ser? Creo que no. Al jubilarse deja el empleo, pero el oficio sigue, el prurito no mengua y la comezón por enseñar a quien no sabe no cesa. Pienso. Pues de este profesor es la obra.

Tras este título, complejo para mí, hay una breve novela del poeta que narra las vicisitudes de la expedición científica enviada en 1735 por la Academia de Ciencias de París al virreinato del Perú para medir el valor de un grado de meridiano terrestre y poner fin al problema de la forma de la Tierra. ¿Eso es todo? Pues sí, como diría, la Domi: por una peseta no dan más. ¿Y entonces? Yo lo que hago aquí es recomendar vivamente la obra a quienes gusten de la lectura. Aventuras las hay, pero menores. Lo mayor de la obra es su composición que es un deleite. Un viejo sirviente del señor Siniergues, cirujano de la expedición, hace relación de lo vivido en el viaje a un Usía, joven pariente de su señor y narratario del relato, y que nos recuerda la artimaña del punto de vista usada ya por quien fuera el hábil tejedor del Lazarillo de Tormes: en aquella ocasión memorable recababa la información un tal vuestra merced.

Ya, cuando el lector tenga el libro entre sus manos, verá que es extraño por bello como objeto. Curioso librito, impecablemente impreso, en un papel… Servidor no es librero como el supuesto escritor de la obra y no sabría decir de las calidades de papeles y portadas y contraportadas, ¡ni tan siquiera de las solapas!… Gozoso es tener el libro en las manos y gozoso leer a Miguel d’Ors. Me vienen más a las mientes que a los puntos de la pluma, que ya no uso, otros escritores que, metiéndose en camisas de once varas, por adoptar lenguas de épocas pasadas y niños que no son suyos, más salieron escaldados que no con lana porque el léxico, la sintaxis, etc. debe acomodarse al tiempo y hay que tener muy fino el oído que compone y articula la narración y atentos los conocimientos. No solo demuestra el autor su domino en estos campos, suponiendo que tuviera que demostrar algo, que no lo creo, pero, sin duda, son continuos los guiños de índole ¿culturalista o cultural? que este lector, no avezado, solo intuye y en él no calan: conocimientos históricos del momento, geográficos, científicos, literarios. No olvide el lector que se hace acompañar por un escritor que no ha ganado ningún primer premio de novela superventas, sino por un escritor sabidor y dominador de intríngulis extraordinarios en esto que se llama escribir y que va más allá que el mero hecho de juntar palabras para narrar naderías, si se me permite.

Cuando uno no puede hacer más que dar las gracias, con ello cumple y es lo que hago, humildemente, desde aquí al poeta, novelista, profesor… y, en algún sentido, amigo. Gracias, Miguel.



20 de noviembre de 2023

ANTONIO ALCALÁ VENCESLADA-37

 

A «Güerva» tengo que ir

 

La siguiente carta, ya es invierno oscuro en Andalucía, es de noviembre de 1919. En ella Alcalá nos desvela que nada de cuanto se movió y se hizo fue eficaz para evitar su marcha desde Cádiz a Huelva como jefe del Archivo Provincial de Hacienda, desde donde le escribe por primera vez, que nos conste, a don Francisco Rodríguez Marín.

Antes de que se cerrara este nuevo destino, desde Cádiz, Alcalá removió no Roma con Santiago, pero sí Madrid con Sevilla y Jaén y Huelva con Cádiz, pero no evitó su marcha a Huelva. Pidió recomendaciones, acudió a unos y otros, amigos influyentes en lo suyo, hasta llegar, posiblemente por intermedio de amigos y familiares, al ministro del ramo, ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, quien podría decidir de un plumazo su marcha a Jaén y eludir su paso por Huelva. Se trataba de su paisano don José del Prado y Palacio, natural de Espeluy, Jaén, político conservador, ingeniero y defensor de la mejora cultural y económica de su provincia, que o no pudo o no quiso o no tuvo noticia de esto. Todo ello, por lo que fuera, no surtió el efecto deseado y tras despedirse de Cádiz, pone rumbo a Huelva, lo que Alcalá pretendía evitar en su ansiedad por llegar a Jaén:

   CÁDIZ

«Tacita de plata»,

pedazo de cielo;

hay sal bastante, con la que te sobra,

para el mundo entero.

           

Barquito de nácar

enmedio del mar;

con qué cariño te besan las olas

que vienen y van.

           

Bueno es el vino en Chiclana,

en Sanlúcar y en el Puerto,

pero Jerez tiene un vino

que resucita los muertos[1].

En Huelva sabe que su amigo Javier Lasso de la Vega Jiménez-Placer a quien Alcalá conocía de su paso por Sevilla de donde era aquel, y que ocupaba plaza de bibliotecario en Jaén, estaba dispuesto a marcharse a Huelva y hacer la permuta que con Montoto no logró. Lasso por su lado y Alcalá por el suyo ponen a don Francisco, el Jefe, un telegrama urgente para comunicarle de sus intenciones; le están ambos escribiendo además una carta y Alcalá le dice: “Las circunstancias que me rodean han convertido en necesidad mi deseo de ser trasladado a Jaén y esto fuerza, malegré moi[2], a ser vehemente” ¡y la cursiva mía!

Con un simple oficio escrito de su puño y letra, que se conserva en la Archivo General de la Administración, Alcalá oficialmente comunica el 31 de julio de 1919 que ha cesado en el cargo de jefe del Archivo provincial de Hacienda de Cádiz por haber sido trasladado a Huelva y, del mismo modo, el 26 de agosto de 1919 comunica que ha tomado posesión del Archivo de esta.

En estos escasos cinco meses que permanece en la nueva ciudad se produce lo que podríamos llamar, en sentido figurado, un apagón informativo para hacer un seguimiento como el que veníamos haciendo de su vida. Solo conocemos una carta suya, citada arriba a Rodríguez Marín; no sabemos de su lógica y difícil implicación en Huelva por falta de tiempo; de la ansiedad de ver tan cerca su anhelado paso de Cádiz a Jaén que se trunca y ha de esperar en Huelva sin fecha fija, con su vehemencia ya conocida, y que engendraría un nerviosismo notable… Por supuesto Alcalá no dispone de tiempo, ni quizá del temple necesario, para colaborar en la prensa de la ciudad y tampoco en la de ningún sitio.

Como en los casos de Zaragoza y Málaga, cuando pasó siendo un niño por ellas, no hago historia de la ciudad donde estuvo apenas cinco meses.

Es razonable pensar que el destino de Huelva debía de ser cómodo, pues, aunque en aquellos años el Archivo y la Biblioteca la dirigía un solo facultativo, la Biblioteca Provincial aún no tenía servicio al público y ambos se ubicaban en un mismo espacio y hasta 1933 en el “Instituto General y Técnico de Huelva”; recuerdo: los institutos provinciales, por norma legal, no se olvide que había uno por provincia, siempre y cuando la ciudad tuviera más 50.000 habitantes, no tenían un nombre que los particularizase, porque solo había uno.

No hallamos cartas que debieron cruzar, por lo que sabemos, entre Javier Lasso y Alcalá Venceslada. En ninguno de los dos archivos particulares encontramos sino referencias a terceros. Creo poder afirmar que Alcalá residió en Huelva en la calle Alfonso XII, 26, pero nada más, pues es una referencia a este lugar en la carta suya a Rodríguez Marín: ¿piso alquilado, hostal, pensión, hotel? Imposible averiguarlo a fecha de hoy, aunque lo he intentado por todos los medios y, una vez más, he contado con la colaboración de todas las personas e instituciones a las que he acudido: muchas gracias.

En oficio semejante a los ya conocidos de mudanzas anteriores, escrito a mano, con fecha de 19 de enero de 1920 comunica al Ilustrísimo Señor Director General de Bellas Artes que cesa en el cargo de archivero de la Delegación de Hacienda de Huelva por haber sido destinado a Jaén.

        HUELVA

A «Güerva» tengo que ir;

pídele a Dios que no «güerve»

sino que me quede allí.

 

A Huelva, amparo del pobre

de por vida llamarán,

que Dios le da, hasta que sobre,

carne, vino, aceite, pan.

[Y minas de hierro y cobre].

 

En Alosno, en Aracena,

en toda la Serranía,

no he visto yo una morena

tan guapa como la mía.

[Ni tan graciosa y tan buena][3].

Así pues, con esta fecha del año 1920… parece que Alcalá ha llegado a su anhelado destino: Jaén. Tiene 37 años y le quedan otros 35 de vida. La casualidad ha querido que esta sea la entrada 37 de esta investigación, una por cada año cumplido por Alcalá Venceslada en este período de su vida. Servidor empezó este trabajo en junio del año 2021 y publicó la primera entrada de esta serie el 5 de octubre de ese mismo año, y escribe esto aquí y ahora en Castellar de Santiago el 8 de noviembre de 2023… y hace un alto. Es decir: que estaré un tiempo sin publicar ninguna entrada sobre esta investigación que continuará cuando, quien esto escribe, tome resuello. Gracias por leerme. VALE.



[1] Alcalá Venceslada, Antonio, De la solera fina. Coplas andaluzas, imprenta Mora y Álvarez, Jaén, 1925, p. 16.

[2] El subrayado es suyo.

[3] Alcalá Venceslada, Antonio, De la solera fina. Coplas andaluzas, imprenta Mora y Álvarez, Jaén, 1925, p. 19.

16 de noviembre de 2023

PRESENTACIÓN DE Un charlie cualquiera. Texto escrito y no leído.

         Como me consta que han sido muchos los amigos y conocidos que han deseado asistir a la presentación de mi novela Un charlie cualquiera y no les fue posible por distintos motivos, he querido elaborar un texto escrito que es aproximadamente lo que dije en la presentación del día 15 de noviembre. Nunca me gustó leer en estas circunstancias y tampoco lo hice en esta.

        Muchas gracias a quienes hicisteis el esfuerzo por arroparme con vuestro cariño y vuestra atención. Quedo deudor insolvente. VALE.


       


       Quiero agradecer a la Biblioteca Pública haberme acogido una vez más, en esta oportunidad no como lector -años y años leyendo de sus fondos bibliográficos-, sino como escritor. Esta biblioteca, heredera de la que mi abuelo dirigió durante muchos años..., hace más años todavía… Muchas gracias.

        A los presentes por arroparme y a los ausentes que quisieron estar y no pudieron, a quienes les hubiera venido bien y lo ignoran…

        Muy particularmente a Daniel Arias de Saavedra porque sin su concurso no hubiera quizá llegado este libro hasta aquí.

        (No miren para la puerta, porque la casa real ha excusado la presencia de doña Letizia en este acto. Lo siento por ustedes).

        Querer hallar un puesto puntero en el martirologio es competición muy española y así “yo lloro más y mejor que tú porque soy muchísimo más desgraciado y por tanto mejoro mi puesto en el martirio del valle de lágrimas”, es un deporte muy disputado en el que hoy no voy a entrar por la condición desde la que aquí y ahora hablo.

        Me repito en algo de lo que aquí diré hoy porque como dice Calicles a Sócrates, “Siempre dices lo mismo”, también Saint-Exupéry en El Principito es de esta idea: hay que repetir mucho lo mismo y muy particularmente a los mayores… Es decir, lo que aquí repito es lo que yo me repito a mí mismo mucho, porque no me entero y por eso tropiezo muchas veces en la misma piedra. Deseo que no sea su caso.

        Se puso muy de moda no ha mucho, por motivos políticos, la expresión venir llorado de casa. En esta actividad, la de los escritores españoles, ya venimos llorados… no desde casa, sino desde que Larra escribió en el siglo XIX que, si es cierto que “la palabra escrita necesita retumbar, y como la piedra lanzada en medio del estanque, quiere llegar repetida de onda en onda hasta el confín de la superficie; necesita irradiarse, como la luz, del centro a la circunferencia. […] Escribir como escribimos en Madrid (lo que para el caso era y es como decir en España) es tomar una apuntación, es escribir en un libro de memorias, es realizar un monólogo desesperante y triste para uno solo. Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta. Porque no escribe uno siquiera para los suyos. ¿Quiénes son los suyos? ¿Quién oye aquí? ¿Son las academias, son los círculos literarios, son los corrillos noticieros de la Puerta del Sol, son las mesas de los cafés, son las divisiones expedicionarias, son las pandillas de Gómez, son los que despojan, o son los despojados?”. De momento hoy y aquí ustedes son los míos: muchas gracias, insisto, por ello.

        Estas reflexiones me hacen volver sobre algo ya debatido, dicho, explicado… ¡hasta por mí en alguna otra presentación! Y es, en mi caso, la respuesta a una pregunta evidente: Si esto de escribir es llorar: ¿Por qué escribes y para qué escribes?

        La experiencia me dice que cuando comunico a alguien que he escrito un nuevo libro, que tengo en la mano una nueva obra mía, que este libro lo he escrito yo… Que ofrezco el libro a alguien…

        Se me mira con escepticismo: “¿Pero de dónde lo ha copiado usted?”, me dijo un señor en cierta ocasión;

        Mis seres más cercanos creo que se remiten de inmediato al refrán “¿Adónde irá el buey que no are?”, es decir, el Alcalá no puede sino escribir, lo ha hecho siempre y ahí sigue dale que te da, pues eso: ¡dándonos la castaña!

        No son pocos, creo, quienes se lamentan de que escriba libros en vez de producir jamones, morcones, pasteles, bombones, vinos, aceites… (y yo el primero). Cuando ofreces un libro parece que estás mandando una de esas tareas tan inútiles que ponen los malos maestros a sus estudiantes… Vendes, regalas, ofreces un libro y parece que impones una tarea, un quehacer, una faena… y mandas al martirio chino al prójimo. Cada uno hace lo que puede y yo, además, quiero hacer lo que creo que debo (muy kantiano, pero eso es lo que hay).

        Escribo no porque esté aburrido ni por capricho…, sino porque no puedo dejar de hacerloMe temo que eso es lo que llaman unos ser “un escritor de raza”, otros de más sublime mirar y pensar, “vocación” lo llaman (aunque reconozco que no es mi caso, pues nadie me llamó a este tajo al que llevo atado desde los 16 años y 63 serán los que cumpla)… Grafomaníaco, neurótico del escribir… Sea como fuere, en mi caso es una realidad ineludible: miro el mundo sub specie scribitatis. Toda realidad bajo mi mirada se conforma como existencia atractiva, amable, es decir: literalmente digna de ser acogida, amada, contemplada, aunque en muchas ocasiones sea desagradable, dolorosa y cause sufrimiento. Escribir, perdonad que me repita, para mí es un modo de decir “Te quiero” y como fruto de ese amor escribo y te regalo, te doy ese bien que genero en mi entrega en el acto de escribir en forma de libro o artículo. Todo acto, si quiere ser humano, tiene que nacer del amor y por el amor conducirse y en él terminar. El amor, en una de sus especies, es el deseo de acercarse al ser verdadero y de engendrar en él inteligencia y verdad, como afirma Platón.



        A esta realidad lógica en mí, se sucede otra: Si el enamoramiento, esa distracción de la atención, no tiene por qué ser mutuo: uno dispara la flecha, pero no tiene por qué ser correspondido; en el caso del amor verdadero sí debiera de ocurrir que es correspondido, mas no es así por lo que hemos leído en Larra: “Porque no escribe uno siquiera para los suyos”. Quizá sea más exacto decir que el acto de escribir es un acto de enamoramiento que perdura en un amor platónico por mi parte, un amor poco correspondido, pero amor incombustible: a Dios, a las personas, al mundo en su totalidad, que al hacerlo vio Dios… que era bueno.

        Sea como fuere: aquí estoy, lo siento, una vez más he editado un libro, en este caso una novela que llevaba escrita desde hace años y que ahora ve la luz. Un chalie cualquieraLo cierto es que se queda uno descansando cuando se edita la obra que está impresa en un original y guardada o sencillamente vivaquea dentro de un ordenador. Es semejante al proceder del amante incierto, que aún no se declaró, cuando por fin rompe con un “Loli, te quiero”… y se queda el tío nuevo. Pues eso.



        Cuando a uno le dan calabazas se daña por norma su autoconcepto, pero no siempre. Tenía un alumno muy enamoradizo -he tenido más de uno-, que era dado a declararse hasta a las escobas con falda y era sabido por sus compañeros y padecido por sus compañeras. Él no se avergonzaba y lo reconoció algunas veces públicamente en clase. Y el pobre también daba por descontado con que siempre obtenía calabazas por respuesta: era feo, desgarbado y gordo, no era tampoco buen estudiante, pero era bueno y simpático… El pobre argumentaba que las chavalas le decían “Es que no eres mi tipo”, y él añadía: “Me dicen eso para no hacerme daño”… Eso me pasa a mí con mis libros: soy feo, desgarbado y gordo… y los lectores les dicen a mis obras: “No eres mi tipo”. Sea como fuere por ahí andará mi antiguo alumno, ya hecho un hombre declarándose a las chicas (hace años que no lo veo) y yo escribiendo libros sin poder, como él, remediarlo. Es lo que hay.

        Un charlie cualquiera es un libro de los diecisiete que tengo escritos. Su fecha de edición no se corresponde con la fecha de creación. No he investigado entre mi documentación, pero calculo que el libro se debió de escribir entre El principito: una reflexión ética y España no perdona, es decir, yo apostaría a que abrió los ojos al mundo en el año 2004-2005.



        El sentido del título es una de las muchas creaciones mías, por las que yo llamaba charlie a quien era un tipo de carácter y modos arcaicos. “¡Estas hecho un charlie!”, solía decir y sigo diciendo a quien llama “calzones” a los “pantalones” y “nevera” al “frigorífico”, a quien está fuera de su tiempo y está seguro de que cualquiera tiempo pasado fue mejor, a quien no da su brazo a torcer ni aunque se lo partas con razones y evidencias; ese que no da un paso atrás ni para coger impulso; aquel que toda la vida la vida calificó de chalao, cipote, de rarito, de no quemar bien el gasoil se le llama friki, que se da, además, aires de grandeza y excelencia y puede ganar una pasta que te abruma y el charlie no lo entiende: está en otra onda, en otro tiempo. Era también charlie sinónimo de quídam, de payo, de andóbal, de baranda, de un cualquiera, de tío corriente y moliente… De ahí el título y así cualquiera puede ser un charlie… cualquiera. Una vez creado ese nombre quise acendrar y ajustar la expresión, por eso en las primeras páginas de la obra escribí, como podrían comprobar de no habérseme olvidado ponerlo, lo siguiente:

charlie: 1. m. colq. Quídam de cierta edad, bien experimentado y vapuleado por la vida, y que ve cuanto le rodea desde la cumbre de sus muchos tacos de almanaques pasados. 2. m. Sujeto viejo que mira su vida y a la vida en general, pasada, presente y futura, con escepticismo y senequismo, mas no sin cierta ternura un poquito ñoña. 3. m. Anciano irritado y quejoso, normalmente contrariado. Disgustado y jodido, pero sin llegar a resentido contra el mundo universo. 4. m. Persona innominada. U. frecuentemente cuando no se quiere declarar de quién se habla, o cuando se ignora su nombre.

(Entrada aún en papeleta y por aprobar por la Docta Casa).

        Algunos también se preguntarán por qué no se puso un breve resumen en la solapa de la contraportada. Pues no lo hicimos, lo digo, por Daniel Arias de Saavedra y por mí, que semos ese musotros, porque quisimos imitar un libro del año 1919 de la famosísima librería y editorial de Gregorio Pueyo.

        Ya explicado el título, contaré un poquito de qué va la obra.

        La portada y la contraportada, las fotos, etc. cobrarán sentido cuando el lector se adentre en la lectura, en la que Sixto Gómez, que es un charlie cualquiera, un andóbal como otro…, les cuente de sus impresiones del mundo en el que vive y vivió. Es un tipo con mucho pasado, poco presente y escaso futuro. Lo que pensó, lo que padeció, lo que siente, lo que mira… Y todo ello desde una perspectiva políticamente incorrecta y particular. Sixto Gómez, es un jaenero padre de Javier Gómez, el protagonista de mi novela Soy Gutiérrez y tan políticamente incorrecto como pueda serlo Galdós, mucho menos que Quevedo, como Cervantes y en absoluto se parece a los meapilas de esa supuesta izquierda irredenta y reaccionaria, marxista y cutre que se pasea por las universidades americanas y que desde la Escuela de Frankfurt nos quiere manipular… y que ha llegado al suelo patrio. Don Sixto no le hace mañas traidoras y engañosas a las palabras. Es un pureta y un purista que al pan lo llama pan y al vino… se apunta como loco. Que escribe como habla, es decir: en román paladino, que, como escribe Berceo en su obra Vida de santo Domingo de Silos: Quiero fer una prosa en román paladino, en qual suele el pueblo fablar a su veçino. Eso es lo que hay en la tripa de obra. Me temo que Felipe II tampoco era políticamente correcto y yo como ellos.

        Ciertamente el libro del Eclesiastés la lleva, la razón, digo: y así Nihil novum sub sole, es decir. No hay nada nuevo bajo el sol. No he inventado la pólvora con la mirada de un señor mayor que al contemplar su pasado recita a Manrique:

Recuerde el alma dormida;
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer
cómo después de acordado
da dolor;
cómo a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

        Pues eso, que a don Sixto no le gusta lo que ve y padece y le rodea y piensa, con una lógica aplastante, que su pasado es mejor que su presente.

        Ojo don Sixto no soy yo: Cierto es que nadie es más que nadie; pero no lo es menos, que cada uno es cada uno. Cualquiera de los oyentes aquí leídos, que sois muchos, de inmediato, haciendo un análisis intertextual de lo que vengo hablando del contenido de esta obra os puede recordar, por no irme muy lejos de mi universo literario, a Diario de un jubilado o más aún a La hoja roja, ambas novelas de Miguel Delibes; La hoja roja es obra que recomiendo por ser novela llena de ternura y de esa dolorida mirada retrospectiva de un mundo que… Una vez, le dije a Delibes “se va” y él no sin cierta ironía, me contestó: “¿Ah, pero no se ha ido ya?”. Cierto que ya se había ido y más aún hoy, un mundo muerto el de don Sixto, don Eloy -el protagonista de La hoja roja-, el de Lorenzo el cazador -protagonista de los tres diarios delibianos- y también, me consta, el mío: cada vez más como ellos, servidor, por más que está y se mueve en el mundo actual, lo entiende peor. Ya lo decía don Hilarión en La Verbena de la paloma “los tiempos cambian que es una barbaridad”… Si don Hilarión levantara la cabeza se sentaba de culo sin miramientos [Me temo que decir y escribir “culo” no está bien, no es políticamente correcto]. El tiempo va muy rápido, todo se sucede con una celeridad vertiginosa y todo se me antoja en el plano social, técnico, político, etc. incomprensible. Vengo de un mundo donde, al dar la mano o su palabra, un hombre o una mujer eso iba a misa y hoy a la mentira se le llama verdad o postverdad y qué sea la misa hay mucha gente que lo ignora.

        Cierto que “hay que tener cuidado con quedarse viviendo en el pasado, porque el que se queda ahí no se adapta y si no lo hace se queda viviendo de sueños que no llegarán”, le leía no hace mucho a un neurobiólogo, pues eso, que uno se queda en su pasado, pero el pasado de don Sixto se hace hoy realidad en una novela mía que se llama Un charlie cualquiera. Muchas gracias.

10 de noviembre de 2023

489- Tovar, Antonio: UN LIBRO SOBRE PLATÓN



Manida por repetidísima es la cita de Alfred Whitehead, quien afirmaba que "Toda la historia de la filosofía -y quizá de todo el pensamiento occidental- es una serie de notas a pie de página de los Diálogos de Platón". Servidor cree haber citado estas palabras en alguna de sus entradas.

La lectura de esta obra despierta una idea viva de Platón: nacimiento, educación, escritos, viajes, amigos y discípulos, retiro en la Academia, donde el filósofo, no es un escapista, sino un consagrado a la meditación, casi un místico, y, finalmente, su muerte. Tras leer a Tovar dan ganas, como me ha sucedido a mí, de leer directamente a Platón. Lo cierto que estamos acostumbrados a mirar y estudiar (?) la Filosofía como una asignatura que más se ocupa de su historia ligerita que de las obras en sí y no nos impone ni nos invita a leer a Aristóteles, a Tomás de Aquino o Kant, por poner un poner, en vivo y en directo, en sus prístinas obras. Tovar nos presenta un Platón comprensible desde nuestra mirada actual, porque todo clásico dio respuesta a la realidad humana de su tiempo y al nuestro, es atemporal. El autor del libro, por mucho que lo exprese en su Epílogo, "Quisiera dar a nuestra lengua un Platón pensado en nuestro tiempo", no es tarea fácil, pero, al menos, lo ha intentado y logrado, en mi humilde opinión, en gran medida. He de confesar que recuerdo vivamente su Vida de Sócrates del mismo Tovar con la que disfruté mucho.

Tovar comenta los diálogos de Platón uno por uno en su propio contexto. Para recordarlos con detalle no basta con ser un lector atento: habría que estudiarlos, pero sí se va quedando uno con que el Menón trata los problemas del conocimiento; el Gorgias, la retórica; el Fedón, la inmortalidad del alma; la República, la justicia como imagen del alma humana; el Parménides, que expone la doctrina de las ideas, y el Banquete, el amor; y que el más leído durante siglos, entre otros motivos porque muchos de los anteriores no se conocían, es el Teeteto, de enorme influencia en los escritores y pensadores clásicos españoles.

El autor no debate, no rectifica ni pone reparos a la obra de Platón ni a él, se limita a exponerla con la sencillez de quien cuenta lo que sabe, que es mucho, sobre ellos: sobre el autor y su obra (en este sentido me recuerda Tovar al mejor profesor que tuve de Filosofía: posiblemente no fuera un genio, pero amaba la sabiduría y la exponía con la sencillez de quien regala y presta). Se trata de una exposición serena por la que fluye contextualizado el pensamiento del creador de la Academia, sus disquisiciones, sus debates con el pasado y sus visiones y reflexiones de la realidad a la sombra de los mitos, del cielo y de la tierra.

El lector, por poca formación filosófica que tenga, acabará por entender o, al menos, tener a su alcance las magníficas concepciones platónicas del amor, del alma, etc. El encanto del estilo sencillo de Tovar, que evoca la figura de un pensador de la Antigüedad a quien el autor profesa cariño y admiración, hacen la lectura del libro en extremo agradable. Tal vez el mérito de esta obra resida en un doble objetivo: primero, explicar las ideas platónicas y aplicarlas a la realidad humana de todos los tiempos. Segundo, poner de manifiesto la influencia de Platón en el pensamiento de la humanidad.



En el estilo diáfano de Tovar sentimos las palpitaciones del espíritu inquieto que busca la unión de nuestros tiempos con épocas en que florecieron con tanto vigor los valores humanos, unos valores que no han muerto: ha cambiado la estimativa. El Epílogo del autor es especialmente luminoso para cuanto ha escrito en el libro y sobre sus intenciones; no quiero privarme de reproducir dos textos: “Quisiera dar a nuestra lengua un Platón pensado en nuestro tiempo. Cada época y cada gente ve a su modo a los grandes hombres, y yo no quería dejar incumplido el deber de la mía respecto del filósofo. Me siento lejos, nada filósofo, incapaz como discípulo, pero he intentado la empresa a mi manera” y más adelante “Pero es que si este libro puede servir de introducción a la lectura del filósofo (que no de sustituto de ella), también debe advertir del peligro que no la encuentre el lector suficientemente interesante. Necesita el que lee a Platón partir de donde él, para medir su originalidad, y repensar todo lo que él pensó para hacer una pequeña parte del esfuerzo que, para todos los que venían después de él, hizo el filósofo durante su vida”… Y si empecé citando el famoso comentario de Whitehead, no está de más que cite el de Tovar que va en el mismo sentido: “Pero los filósofos todos han aprendido siempre más de la mitad de su filosofía de Platón”.

Recuerdo quién y cuándo se me dijo: llegará un día en que no quieras leer nada nuevo, sino releer. Pues como no se apresure ese día, me veo en el cajetón y no ha llegado… Sigo leyendo y leyendo “novedades nuevas”, que decía mi sargento en la mili. Este libro de Tovar, como su Sócrates, me gustaría releerlos si Dios me lo permite.

5 de noviembre de 2023

ANTONIO ALCALÁ VENCESLADA-36


Ramos Ortega, Manuel: La obra poética de Eduardo de Ory

No es Eduardo de Ory (1884-1939) un poeta que se estudie en el bachiller y ni siquiera en Filología Hispánica, seguro, fuera de Cádiz, e ignoro si se dedicará alguna asignatura o algún estudio a su persona y su obra en la Universidad de la tacita de plata. No recuerdo tampoco haber leído de él y su poesía en ningún manual, mas en las dos primeras décadas del siglo XX fue un poeta reconocido y admirado en España y en Hispanoamérica.



Para mí Eduardo de Ory era nombre conocido desde que servidor era un chaval porque sabía yo que había fundado una revista, Vida Moderna, con mi abuelo, se decía, y así lo aseguraba don Manuel Caballero Venzalá en su Diccionario bio-bibliográfico del Santo Reino, que fue también para mí la referencia bibliográfica más segura y firme de Alcalá Venceslada durante años; así lo admite Francisco Manuel Carriscondo, quien es estudioso de la obra de Alcalá y uno de los más sabedores de la misma. Me sorprendió mucho que Carmelo Guillén Acosta, el poeta sevillano, al hilo de una conversación, en los años 80, me comentara algo de Eduardo de Ory y no menos le sorprendió a él que yo supiera del poeta gaditano: sorpresa mutua, por tanto. Poco más de lo escrito aquí, en realidad, sabía yo de esta persona y de su obra tras ese nombre. Sí había estudiado y leído, ¡quienes lo estudiamos y leímos!, a Carlos Edmundo de Ory, creador del postismo, e hijo de Eduardo. Era la poesía de Carlos Edmundo de Ory difícil (busco ahora con vivo interés en YouTube una entrevista que le hizo M. Milá y hallo muchos vídeos del postista, Carlos Edmundo, que vivió en Francia desde el año 55 y murió allí en el 2010, pero ahora no toca hablar del hijo, sino del padre, aunque tengo para mí que el hijo es más conocido, más estudiado, más apreciado…; no hallo la entrevista buscada).

Me van a permitir que les adelante que no sé de dónde salió la idea de que mi abuelo fue cofundador de la revista citada, Vida Moderna: igual lo hallo más adelante en algún escrito; si fuera así, lo diré; de momento hay que ponerlo en duda. Me consta que había en la biblioteca de mi abuelo, restos de la cual la cogió prestada para siempre, tras apropiarse de mi trastero, la profesora de un colegio privado de Jaén, cuyas iniciales son Mª del M. M. E., de origen torrecampeño por más señas, digo que tenía en ella libros dedicados por Ory: recuerdo una biografía de Rubén Darío que leí cuando era un muchacho. Espero que a ella y a su niño el juez y a su marido el sindicalista, les sea de provecho: ¿sabrán leer?

El libro de Ramos Ortega tiene interés para mí porque contiene la biografía más extensa que existe sobre Eduardo de Ory, que se puede completar con la de Nicolás Morillas, Eduardo de Ory y su labor literaria juicios y opiniones de la crítica y de la prensa española e hispano-americana, y, como digo, yo quería hallar el punto y momento de conocimiento de Alcalá Venceslada y el poeta gaditano: nada de nada; no doy con ello. Más adelante, cuando lleguemos a Jaén de la mano de Alcalá, hablaremos de Ory al hilo de alguna carta que creo conservar y de un trabajo conjunto que hicieron ambos.


La obra de Ramos Ortega se divide en cinco apartados, que arrancan en el I con la “Introducción” y terminan en el V con una “Conclusión”, el resto son la breve biografía citada y un repaso somero de sus obras y su evolución poética. No me cabe duda de que Ory y su poesía influyeron en la poesía de Alcalá, aunque ciertamente en ambos podemos hallar un arranque romántico, una evolución hacia el Modernismo, donde se frenó la breve vida de Ory: no olvidemos que Ory era un año menor que Alcalá y, por tanto, las influencias de las corrientes artístico-literarias son comunes a ambos. El recorrido de Ory me recuerda, para el lector versado, al seguido en sus primeras etapas al poeta moguereño y premio Nobel, Juan Ramón Jiménez: desde un premodernismo de fuerte influencia romántica a un Modernismo rubeniano… (Juan Ramón fue muy amigo de Rubén, y Ory un gran admirador de este y con ambos se carteó).

No tiene aquí cabida pertinente el comentario de sus obras, la evolución detallada del poeta, hasta alcanzar en su última obra poética, Inquietudes (1925), de un intimismo religioso, con fuerte influencia del estoicismo quevediano que contempla el valle de lágrimas que la vida, en muchos ratos, es. Sin duda la etapa de coplas populares con Andalucía y sus tópicos (reja, patio, fuente, flamenco, gitanos, etc.) que encontramos en Aires de Andalucía (1904) debió ser leída por Alcalá Venceslada y comentada años después de su publicación, cuando este tuvo relación con Eduardo de Ory.

En el apartado que dedica Ramos Ortega a “Las revistas literarias” no hallamos citada Vida Moderna, tampoco queda ejemplar alguno en la Fundación de Carlos Edmundo de Ory, donde se guarda el legado de su padre… Al parecer el único ejemplar que queda es el que poseemos nosotros. Las revistas que se citan son Azul, Diana, Literatura Hispano-Americana y Vida Literaria (estas dos últimas eran los suplementos de España y América). Tanto en esta como el primer suplemento citado, Literatura Hispano-Americana, colaboró fugazmente Alcalá. Conservamos dos colaboraciones suyas, en el nº 9 del año 1 de Vida Moderna, fechado en Cádiz el 31 de agosto de 1918. Se trata de un cuento, Flor de adelfa, y un artículo: Vida actual, que es un cuadro, así lo llama Carriscondo, del que tenemos diez escritos por el jiennense y que firma con el pseudónimo de Maese Gil. En el citado Suplemento edita dos artículos, firmados con su nombre, bajo el título genérico de “Notas al margen”, artículos ya más serios, digamos, por el contenido y su estilo formal.

        A la espera de su marcha, supuestamente inminente a Jaén, se le cruza, como necesidad para el salto, el paso intermedio de Huelva y camino de ella pone rumbo. Huelva será, por tanto, el contenido de la siguiente entrada sobre Alcalá Venceslada y van 37.